Quiero decir que se juntaban seis ó siete de los contrarios y se abrazaban con los caballos, creyendo de los tomar á manos, y aun derrocaron á un soldado del caballo, y si no le socorriéramos, ya le llevaban á sacrificar, y desde ahí á dos dias se murió.
Volvamos á nuestro relacion, y es, que otro dia de mañana acordamos de ir por nuestro camino para su ciudad de Chiapa, y verdaderamente se podia decir ciudad, y bien poblada, y las casas y calles muy en concierto, y de más de cuatro mil vecinos, sin otros muchos pueblos sujetos á ella, que estaban poblados á su alrededor; é yendo que íbamos con mucho concierto, y el tiro puesto en órden, y el artillero bien apercibido de lo que habia de hacer, y no habiamos caminado cuarto de legua, cuando nos encontramos con todo el poder de Chiapa, que campos y cuestas venian llenos dellos, con grandes penachos y buenas armas é grandes lanzas, flecha y vara con tiraderas, piedra y hondas, con grandes voces é grita y silbos.
Era cosa de espantar cómo se juntaron con nosotros pié con pié y comenzaron á pelear como rabiosos leones; y nuestro negro artillero que llevábamos (que bien negro se podia llamar), cortado de miedo y temblando, ni supo tirar ni poner fuego al tiro; é ya que á poder de voces que le dábamos pegó fuego, hirió á tres de nuestros soldados, que no aprovechó cosa ninguna; y como el capitan vió de la manera que andábamos, rompimos todos los de á caballo puestos en cuadrillas, segun lo habiamos concertado, y los escopeteros y ballesteros y de espada y rodela hechos un cuerpo, porque no les desbaratasen, nos ayudaron muy bien; más eran tantos los contrarios que sobre nosotros vinieron, que si no fuéramos de los que en aquellas batallas nos hallamos cursados á otras afrentas, pusiera á otros gran temor, y aun nosotros nos admiramos de ver cuán fuertes estaban; y fray Juan nos daba ánimo, y decia que Dios nos habia de pagar nuestro trabajo, y el César.