Por manera que fuimos al gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en él más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban, con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en defensa, y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de á caballo; porque, aunque querian arremeter los caballos, habia unas losas muy grandes, empedrado todo el patio, que se iban á los caballos los piés y manos; y eran tan lisas, que caian; é como desde las gradas del alto cu nos defendian el paso, é á un lado é otro teniamos tantos contrarios, aunque nuestros tiros llevaban diez ó quince dellos, é á estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podiamos subir al alto cu, y con gran concierto tornamos á porfiar sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.
Aquí se mostró Cortés muy varon, como siempre lo fué.
¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, é más de cuarenta soldados muertos.
É quiso nuestro Señor que llegamos adonde soliamos tener la imágen de Nuestra Señora, y no la hallamos; que pareció, segun supimos, que el gran Montezuma tenia ó devocion en ella ó miedo, y la mandó guardar; y pusimos fuego á sus ídolos, y se quemó un pedazo de la sala con los ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca.
Entónces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.
Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este gran cu y sobre tres ó cuatro mil indios, todos principales, y que nos bajábamos, cuál nos hacian venir rodando seis gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tantas varas y flechas, que así á unos