que les pasásemos las entrañas, y que todos hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas, por manera que si Dios fuese servido, que escapásemos con las vidas; y despues de nos encomendar á Dios y á Santa María muy de corazon, é invocando el nombre del señor Santiago, desque vimos que nos comenzaban á cercar, de cinco en cinco de á caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.
¡Oh qué cosa de ver era esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos en pié con pié, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacian en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos! Y los de á caballo, como era el campo llano, cómo alanceaban á su placer, entrando y saliendo á media rienda; y aunque estaban heridos ellos y sus caballos, no dejaban de batallar muy como varones esforzados.
Pues todos nosotros los que teniamos caballos, parece ser que á todos se nos ponia esfuerzo doblado, que aunque estábamos heridos, y de refresco teniamos más heridas, no curábamos de los apretar, por no nos parar á ello, que no habia lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos á les dar de estocadas.
Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, que tomó otro caballo de los de Narvaez, porque su yegua se la habian muerto, como dicho tengo, y Gonzalo de Sandoval, cuales andaban de una parte á otra rompiendo escuadrones, aunque bien heridos; y las palabras que Cortés decia á los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada y cuchillada que diésemos fuese en señores señalados; porque todos traian grandes penachos con oro y ricas armas y divisas.
Pues oir cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decia:
—«Ea, señores, que hoy es el dia que hemos de vencer; tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos; para algun buen fin nos guarda Dios.»