fe y de creer, que tomaron sobre el caso, por sentencia que dieron los alcaldes ordinarios, juntamente con Cortés y el maestre de campo Cristóbal de Olí, y despues que se confesó con el padre Juan Diaz, le ahorcaron de una ventana del aposento donde posaba el Villafaña; y no quiso Cortés que otro ninguno fuese infamado en aquel mal caso, puesto que en aquella sazon echaron presos á muchos por tener temores y hacer señal que queria hacer justicia de otros; y como el tiempo no daba lugar á ello, se disimuló; y luego acordó Cortés de tener guarda para su persona, y fué su capitan un hidalgo que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, con doce soldados, buenos hombres y esforzados, y le velaban de dia y de noche, y á nosotros de los que sentia que éramos de su banda, nos rogaba que mirásemos por su persona.
Y desde allí adelante, aunque mostraba gran voluntad á las personas que eran en la conjuracion, siempre se recelaba dellos.
Dejemos esta materia, y digamos cómo luego se mandó pregonar que todos los indios é indias que habiamos habido en aquellas entradas los llevasen á herrar dentro de dos dias á una casa que estaba señalada para ello; y por no gastar más palabras en esta relacion sobre la manera que se vendia en la almoneda, más de las que otras veces tengo dichas en las dos veces que se herraron, si mal lo habian hecho de ántes, muy peor se hizo esta vez, que, despues de sacado el real quinto, sacaba Cortés el suyo, y otras treinta socaliñas para capitanes; y si eran hermosas y buenas indias las que metiamos á herrar, las hurtaban de noche del monton que no parecian hasta de ahí á buenos dias; y por esta causa se dejaban de herrar muchas piezas que despues teniamos por naborías.
Dejemos de hablar en esto, y digamos lo que despues en nuestro real se ordenó.