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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CLII.

—«Tened, tened, señores, tened recio, ¿qué es esto, que ansí habeis de volver las espaldas?»

Y no les pudo detener ni resistir; y en aquel paso que dejaron de cegar, y en la calzadilla, que era angosta y mala, y con las canoas le desbarataron é hirieron en una pierna y le llevaron vivos sobre sesenta y tantos soldados, y le mataron seis caballos é yeguas, y á Cortés ya le tenian muy engarrafado seis ó siete capitanes mejicanos, é quiso Dios nuestro Señor ponelle esfuerzo para que se defendiese y se librase dellos, puesto que estaba herido en una pierna; porque en aquel instante luego llegó allí un muy esforzado soldado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja; no lo digo por Cristóbal de Olí; y desque allí le vió asido de tantos indios, peleó luego tan bravosamente, que mató á estocadas cuatro de aquellos capitanes que tenian engarrafado á Cortés, y tambien le ayudó otro muy valiente soldado que se decia Lerma, y les hicieron que dejasen á Cortés, y por le defender allí perdió la vida el Olea, y el Lerma estuvo á punto de muerte, y luego acudieron allí muchos soldados, aunque bien heridos, y echan mano á Cortés y le ayudan á salir de aquel peligro; y entónces tambien vino con mucha presteza su capitan de la guarda, que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, y le tomaron por los brazos y le ayudaron á salir del agua, y luego le trajeron un caballo, en que se escapó de la muerte; y en aquel instante tambien venia un su camarero ó mayordomo que se decia Cristóbal de Guzman, y le traia otro caballo; y dende las azuteas los guerreros mejicanos, que andaban muy bravos y vitoriosos, prendieron al Cristóbal de Guzman, é vivo le llevaron á Guatemuz; y todavía los mejicanos iban siguiendo á Cortés y á todos sus soldados hasta que llegaron á su real.

Pues ya aquel desastre acaecido, le hallaron en salvo los españoles, los escuadrones mejicanos no dejaban de seguilles, dándoles caza y grita y diciéndoles vituperios y llamándoles cobardes.

Dejemos de hablar de Cortés y de su desbarate, y volvamos á nuestro ejército, que es el de Pedro de Albarado: como íbamos muy vitoriosos, y

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