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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CLI.

ganábamos de dia, y sobre lo ganar mataban de nuestros soldados, y todos los más estábamos heridos, lo tornaban á cegar los mejicanos, acordamos que todos nos fuésemos á meter en la calzada, en una placeta donde estaban unas torres de ídolos que las habiamos ya ganado, y habia espacio para hacer nuestros ranchos, aunque eran muy malos, que en lloviendo todos nos mojábamos, é no eran para más de cubrirnos del sereno é del sol; y dejamos en Tacuba las indias que nos hacian pan, y quedaron en su guarda todos los de á caballo y nuestros amigos los de Tlascala, para que mirasen y guardasen los pasos, no viniesen de los pueblos comarcanos á darnos en la rezaga en las calzadas miéntras que estábamos peleando; y desque hubimos asentado nuestros ranchos adonde dicho tengo, desde allí adelante procuramos que luego las casas ó barrios ó aberturas de agua que les ganásemos, que luego lo cegásemos, y que las casas diésemos con ellas en tierra y las deshiciésemos, porque ponellas fuego, tardaban mucho en se quemar, y desde unas casas á otras no se podian encender, porque, como ya otras veces he dicho, cada casa estaba en el agua, y sin pasar en puentes ó en canoas no pueden ir de una parte á otra; porque si queriamos ir por el agua nadando, desde las azuteas que tenian nos hacian mucho mal, y derrocándose las casas estábamos muy más seguros, y cuando les ganábamos alguna albarrada ó puente ó paso malo donde ponian mucha resistencia, procurábamos de la guardar de dia y de noche, y es desta manera que todas nuestras capitanías velábamos las noches juntas.

Y el concierto que para ello se dió fué, que tomaba la vela desde que anochecia hasta media noche la primera capitanía, y eran sobre cuarenta soldados, y dende media noche hasta dos horas ántes que amaneciese tomaba la vela otra capitanía de otros cuarenta hombres, y no se iban del puesto los primeros, que allí en el suelo dormiamos, y este cuarto es el de la modorra; y luego venian otros cuarenta y tantos soldados, y velaban el alba, que eran aquellas dos horas que habia hasta el dia, y tampoco se habian de ir los que velaban la modorra, que allí habian de estar; por manera que cuando amanecia nos hallábamos velando sobre ciento y

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