más largamente lo he dicho y declarado en los capítulos pasados cuando hablaba de todos los navíos que envió adelante Garay, que desbarataron los indios de la misma provincia de Pánuco, é hízolo Cortés porque si viniese el Garay la hallase por Cortés poblada.
Dejemos desto, y digamos cómo Cortés envió otra vez á Rodrigo Rangel por teniente de Villa-Rica, y quitó al Gonzalo de Albarado, y le mandó que luego le enviase á Pánfilo de Narvaez donde estaba poblando Cortés en Cuyoacan, que aún no habia entrado á poblar á Méjico hasta que se edificasen todas las casas y palacio adonde habia de vivir; y envió por el Pánfilo de Narvaez porque, segun le dijeron, que cuando el Cristóbal de Tapia llegó á la Villa-Rica con las provisiones que dicho tengo, el Narvaez habló con él y en pocas palabras le dijo:
—«Señor Tapia, paréceme que tan buen recaudo traeis y tal le llevaréis como yo; mirad en lo que yo he parado trayendo tan buena armada, y mirad por vuestra persona, no os maten, y no os cureis de perder tiempo; que la ventura de Cortés é sus soldados no es acabada; entended en que os dén algun oro por esas cosas que traeis, é idos á Castilla ante su majestad, que allá no faltará quien os ayude, y diréis lo que pasa, en especial teniendo, como teneis, al señor Obispo de Búrgos; y esto es mejor consejo.»
Dejémonos desta plática y diré cómo Narvaez fué su camino á Méjico, y vió aquellas grandes ciudades y poblaciones; y cuando llegó á Tezcuco se admiró, y cuando vió á Cuyoacan, mucho más, y desque vió la gran laguna y ciudades que en ella están pobladas, y despues la gran ciudad de Méjico, y como Cortés supo que venia, le mandó hacer mucha honra; y llegado ante él, se hincó de rodillas y le fué á besar las manos, y Cortés no lo consintió y le hizo levantar, y le abrazó y le mostró mucho amor, y le hizo asentar cabe sí, y entónces el Narvaez le habló y le dijo:
—«Señor capitan, agora digo de verdad que la menor cosa que hizo vuestra merced y sus valerosos soldados en esta Nueva-España fué