encomendó mucho que todos juntos hiciesen cuerpo, ansí de dia como de noche, é que guardasen el real no le desbaratasen; y como conocia del capitan Luis Marin que lo hacia bien, ansí herido y entrapajado como estaba el Sandoval, tomó consigo otros de á caballo, y por tierra fué muy por la posta al real de Cortés, y aun en el camino tuvo su salmorejo de piedra y vara y flecha; porque, como ya otra vez he dicho, en todos los caminos tenia Guatemuz indios mejicanos guerreros para no dejar pasar de un real á otro con nuevas ningunas, para que así nos vencieran más fácilmente; y cuando el Sandoval vido á Cortés, le dijo:
—«Oh señor capitan, y ¿qué es esto? ¿Aquestos son los grandes consejos y ardides de guerra que siempre nos daba? ¿Cómo ha sido este desman?»
Y Cortés le respondió, saltándosele las lágrimas de los ojos:
—«Oh hijo Sandoval, que mis pecados lo han permitido, que no soy tan culpante en el negocio como me hacen, sino es el tesorero Julian de Alderete, á quien le encargué que cegase aquel mal paso donde nos desbarataron, y no lo hizo, como no es acostumbrado á guerras ni á ser mandado de capitanes.»
Y entónces respondió el mismo tesorero, que se halló junto á Cortés, que vino á ver y hablar al Sandoval y á saber de su ejército si eran muertos ó desbaratados, é dijo que el mismo Cortés tenia la culpa, y no él; y la causa que dió fué que, como Cortés iba con vitoria, por seguilla muy mejor decia: «Adelante, caballeros;» é que no les mandó cegar puentes ni pasos malos, é que si se lo mandara, que su capitanía y con sus amigos lo hiciera; y tambien culpaban mucho á Cortés en no haber mandado con tiempo salir de las calzadas á los muchos amigos que llevaba; é porque hubo otras muchas pláticas y respuestas al tesorero, que iban muchas con enojo, se dejarán de decir; é diré cómo en aquel instante llegaron dos bergantines de los que ántes tenia Cortés en su compañía y calzada, que no sabian dellos despues del desbarate, y segun pareció, habian estado