El escribano Diego de Godoy aconsejaba al capitan Luis Marin que no las diese, sino que se echase el hierro del Rey, y que se echaba á los que una vez habian dado la obediencia á su majestad y se tornaban á levantar sin causa ninguna; y porque aquellos pueblos salieron de guerra y nos flecharon y nos mataron los tres caballos, decia el Godoy que se pagasen los tres caballos con aquellas piezas de indios que estaban presos; é yo repliqué que no se herrasen, y que no era justo, pues vinieron de paz; y sobre ello yo y el Godoy tuvimos grandes debates y palabras y aun cuchilladas, que entrambos salimos heridos, hasta que nos despartieron y nos hicieron amigos; y el capitan Luis Marin era muy bueno y no era malicioso, é vió que no era justo hacer más de lo que le pedí por merced, y mandó que diesen todas las mujeres y toda la más gente que estaba presa á los caciques de aquellos pueblos, y los dejamos en sus casas muy de paz; y desde allí atravesamos al pueblo de Cimatlan y otros pueblos que se dicen Talatupan, y ántes de entrar en el pueblo tenian hechas unas saeteras y andamios junto á un monte, y luego estaban unas ciénagas, é así como llegamos nos dan de repente una tan buena rociada de flecha con muy buen concierto y ánimo, y hirieron sobre veinte soldados y mataron dos caballos, y si de presto no les desbaratáramos y deshiciéramos sus cercados y saeteras, mataran é hirieran muchos más, y luego se acogieron á las ciénagas; y estos indios destas provincias son grandes flecheros, que pasan con sus flechas y arcos dos dobleces de armas de algodon bien colchadas, que es mucha cosa; y estuvimos en un pueblo dos dias, y los enviamos á llamar de paz y no quisieron venir; y como estábamos cansados, y habia allí muchas ciénagas que tiemblan, que no
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CAPÍTULO CLXVI.
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