aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.
Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento; que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios.
Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo que despues hicieron.
Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche, y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.
Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se pasó.
Pues desque amaneció, acordó nuestro capitan que con todos los nuestros y los de Narvaez saliésemos á pelear con ellos, y que llevásemos tiros, y escopetas y ballestas, y procurásemos de los vencer, á lo ménos que sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el dia pasado.
Y digo que si nosotros teniamos hecho aquel concierto, que los mejicanos tenian concertado lo mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos