Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, como parecian de reprension, é dijo:
—«¿Qué cumplimiento tengo yo de tener con un perro que se hacia con Narvaez secretamente, é ahora veis que aun de comer no nos da?»
Y dijeron nuestros capitanes:
—«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.»
Y como Cortés tenia allí en Méjico tantos españoles, así de los nuestros como de los de Narvaez, no se le daba nada por cosa ninguna, é hablaba tan airado y descomedido.
Por manera que tornó hablar á los principales que dijesen á su señor Montezuma que luego mandase hacer tianguez y mercados; si no, que hará é que acontecerá; y los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su señor, y aun tambien la reprension que nuestros capitanes dieron á Cortés sobre ello; porque bien los conocian, que habian sido los que solian tener en guarda á su señor, y sabian que eran grandes servidores de su Montezuma; y segun y de la manera que lo entendieron, se lo dijeron al Montezuma, y de enojo, ó porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto de hora que vino un soldado á gran priesa muy mal herido, que venia de un pueblo que está junto á Méjico, que se dice Tacuba, y traia unas indias que eran de Cortés, é la una hija del Montezuma, que parece ser las dejó á guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del mismo señor, cuando fuimos á lo de Narvaez.
Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á sacrificar, y habian deshecho una puente.