mal paso que hiciesen lo mismo, y los contrarios nunca desmampararon sus puestos, é otro dia por la mañana, viendo Sandoval que no aprovechaba cosa estarse allí como habia dicho, mandó enviar á llamar á las demás capitanías que habia enviado al otro mal paso, é hizo que levantaba su real, y que se volvia camino de Méjico como amedrentado; y como los naturales de aquellas provincias que estaban juntos les pareció que de miedo se iban retrayendo, salen al camino, é iban siguiéndole dándole grita y diciéndole vituperios; y todavía el Sandoval, aunque más indios salian tras él, no volvia sobre ellos, y esto fué por descuidalles, para, como habian ya estado aguardando tres dias, volver aquella noche y pasar de presto con todo su ejército los malos pasos; é así lo hizo, que á media noche volvió y tomóles algo descuidados, y pasó con los de á caballo; y no fué tan sin grande peligro, que le mataron tres caballos é hirieron muchos soldados; y cuando se vió en buena tierra y fuera del mal paso con sus ejércitos, él por una parte y los demás de su capitanía por otra, dan en grandes escuadrones que aquella misma noche se habian juntado, desque supieron que volvió; y eran tantos, que el Sandoval tuvo recelo no le rompiesen y desbaratasen, y mandó á sus soldados que se tornasen á juntar con él para que peleasen juntos, porque vió y entendió de aquellos contrarios que como tigres rabiosos se venian á meter por las puntas de las espadas, y habian tomado seis lanzas á los de á caballo, como no eran hombres acostumbrados á la guerra; de lo cual Sandoval estaba tan enojado, que decia que valiera más que trajera pocos soldados de los que él conocia, y no los que trujo; y allí les mandó á los de á caballo de la manera que habian de pelear, que eran nuevamente venidos; y es, que las lanzas algo terciadas, y no se parasen á dar lanzadas, sino por los rostros y pasar adelante hasta que les hayan puesto en huida; y les dijo que vista cosa es que si se parasen á alancear, que la primera cosa que el indio hace desque está herido es echar mano de la lanza, y como les vean volver las espaldas, que entónces á media rienda les ha de seguir, y las lanzas todavía terciadas, y si les echaren mano de las lanzas, porque aun con todo esto no dejan de asir dellas, que para se las
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CAPÍTULO CLXII.
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