Digamos ahora, ya que escapamos de todos los trances por mí atrás dichos, quiero dar otra cuenta qué tantos mataron, así en Méjico, en puentes y calzadas, como en todos los reencuentros, y en esta de Obtumba, y los que mataron por los caminos.
Digo que en obra de cinco dias fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y á cinco mujeres de Castilla; y estos que mataron en Tustepeque eran de los de Narvaez, y mataron sobre mil y ducientos tlascaltecas.
Tambien quiero decir cómo en aquella sazon mataron á un Juan de Alcántara el viejo, con otros tres vecinos de la Villa-Rica, que venian por las partes del oro que les cabia; de lo cual tengo hecha relacion en el capítulo que dello trata.
Por manera que tambien perdieron las vidas y aun el oro, y si miramos en ello, todos comunmente hubimos mal gozo de las partes del oro que nos dieron; y si de los de Narvaez murieron muchos más que los de Cortés en las puentes, fué por salir cargados de oro, que con el peso dello no podian salir ni nadar.
Dejemos de hablar en esta materia, y digamos cómo íbamos muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, y comiendo y caminando hácia Tlascala; que por salir de aquellas poblaciones, por temor no se tornasen á juntar escuadrones mejicanos, que aun todavía nos daban grita en partes que no podiamos ser señores dellos, y nos tiraban mucha piedra con hondas, y vara y flecha, hasta que fuimos á otras caserías y pueblo chico; porque estaba todo poblado de mejicanos, y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas, y estuvimos con más reposo; y aunque siempre teniamos escuadrones de mejicanos que nos seguian, mas ya no se osaban llegar; y aquellos que venian era como quien decia: «Allá ireis fuera de nuestra tierra.»