Y desque nos hablaron, dijo Cortés que mirásemos el peligro en que estábamos; se fueron á requerir á otros puestos, y cuando no me cato, sin más nos hablar, oimos cómo traian á un soldado azotando por la vela, y era de los de Narvaez.
Pues otra cosa quiero traer á la memoria, y es, que ya nuestros escopeteros no tenian pólvora ni los ballesteros saetas; que el dia ántes se dieron tal priesa, que lo habian gastado; y aquella misma noche mandó Cortés á todos los ballesteros que alistasen todas las saetas que tuviesen y las emplumasen y pusiesen sus casquillos, porque siempre traiamos en las entradas muchas cargas de almacen de saetas, y sobre cinco cargas de casquillos hechos de cobre, y todo aparejo para donde quiera que llegásemos tener saetas; y toda la noche estuvieron emplumando y poniendo casquillos todos los ballesteros, y Pedro Barba, que era su capitan, no se quitaba de encima de la obra, y Cortés, que de cuando en cuando acudia.
Dejemos esto, y digamos ya que fué de dia claro cual nos vinieron á cercar todos los escuadrones mejicanos en el patio donde estábamos: y como nunca nos cogian descuidados, los de á caballo por una parte, como era tierra firme, y nosotros por otra, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban, rompimos por ellos y se mataron y hirieron tres de sus capitanes, sin otros muchos que luego otro dia se murieron; y nuestros amigos hicieron buena presa, y se prendieron cinco principales, de los cuales supimos los escuadrones que Guatemuz habia enviado; y en aquella batalla quedaron muchos de nuestros soldados heridos, é uno murió luego.
Pues no se acabó en esta refriega; que yendo los de á caballo siguiendo el alcance, se encuentran con los diez mil guerreros que el Guatemuz enviaba en ayuda é socorro de refresco de los que de ántes habia enviado, y los capitanes mejicanos que con ellos venian traian espadas de las nuestras, haciendo muchas muestras con ellas de esforzados, y decian que