Volvamos á nuestro alarde, que se hallaron veinte y siete de á caballo que podian pelear, y otros cinco que no eran para ello, y quince ballesteros y ocho escopeteros, y un tiro y pólvora, y un soldado por artillero, que decia el mismo soldado que habia estado en Italia; esto digo aquí porque no era para cosa ninguna, que era muy cobarde; y llevábamos sesenta soldados de espada y rodela y obra de ochenta mejicanos, y el cacique de Cachula con otros principales suyos; y estos indios de Cachula que he dicho, iban temblando de miedo, y por halagos los llevamos que nos ayudasen á abrir camino y llevar el fardaje.
Pues yendo nuestro camino en concierto, ya que llegamos cerca de sus poblaciones, siempre íbamos adelante por espías y descubridores del campo cuatro soldados muy sueltos, é yo era uno dellos, é dejaba mi caballo, que no era tierra por donde podian correr, é íbamos siempre media legua adelante de nuestro ejército; y como los chiapanecas son grandes cazadores, andaban entónces á caza de venados, y desque nos sintieron, apellídanse todos con grandes ahumadas, y como llegamos á sus poblaciones, tenian muy anchos caminos y grande sementera de maíz é otras legumbres, y el primer pueblo que topamos se dice Estapa, que está de la cabecera obra de cuatro leguas, y en aquel instante le habian despoblado, y tenian mucho maíz é gallinas y otros bastimentos, que tuvimos bien que comer y cenar; y estando reposando en el pueblo, puesto que teniamos puestas nuestras velas y escuchas y corredores del campo, vienen dos de á caballo que estaban por corredores á dar mandado y diciendo:
—«¡Alarma, que vienen muchos guerreros chiapanecas!»
Y nosotros, que siempre estábamos muy apercebidos, les salimos al encuentro ántes que llegasen al pueblo, y tuvimos una gran batalla con