Pues tambien quiero decir las maldiciones que los de Narvaez echaban á Cortés, y las palabras que decian, que renegaban dél y de la tierra, y aun de Diego Velazquez, que acá les envió; que bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba; y estaban embelesados y sin sentido.
Volvamos á nuestra plática, que fué acordado de demandalles paces para salir de Méjico; y desque amaneció y vienen muchos más escuadrones de guerreros, y muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos; y si mucha piedra y flecha tiraban de ántes, mucho más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este dia; y otros escuadrones por otras partes procuraban de nos entrar, que no aprovechaban tiros ni escopetas, aunque les hacian harto mal.
Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azutea, y les dijesen que cesasen las guerras y que nos queriamos ir de su ciudad; y cuando al gran Montezuma se lo fueron á decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor:
—«¿Qué quiere de mí ya Malinche? Que yo no deseo vivir ni oille, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traido.»
Y no quiso venir; y aun dicen que dijo que ya no le querian ver ni oir á él ni á sus falsas palabras ni promesas y mentiras; y fué el padre de la Merced y Cristóbal de Olí, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas.
Y díjoles el Montezuma:
—«Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor, y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habeis de morir en esta ciudad.»