estaban tan fuertes y tenian tantos escuadrones, que se mudaban de rato en rato, que aunque estuvieren allí diez mil Hétores troyanos y otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque sabello ahora yo aquí decir cómo pasó, y vimos este teson en el pelear, digo que no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetiamos; que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de tierra ó parte de calle, y hacian que se retraian, era para que les siguiésemos, por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más á su salvo en nosotros, creyendo que no volveriamos con las vidas á los aposentos; porque al retraernos hacian mucho mal.
Pues para pasar á quemalles las casas, ya he dicho en el capítulo que dello habla, que de casa á casa tenian una puente de madera levadiza, alzábanla, y no podiamos pasar sino por agua muy honda.
Pues desde las azuteas, los cantos, y piedras, y varas no lo podiamos sufrir.
Por manera que nos maltrataban y herian muchos de los nuestros, é no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente; porque unos tres ó cuatro soldados que se habian hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces á Dios que guerras tan bravosas jamás habian visto en algunas que se habian hallado entre cristianos, y contra la artillería del Rey de Francia ni del Gran Turco, ni gente como aquellos indios con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron; y porque decian otras muchas cosas y causas que daban á ello, como adelante verán.
Y quedarse ha aquí, y diré cómo con harto trabajo nos retrujimos á nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros con grandes gritos é silbos, y trompetillas y atambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no sabiamos atendelles todo el dia en batalla, sino volvernos retrayendo.