que veiamos en los libros que traian los tributos del oro para el gran Montezuma, queriamos ir allá, en especial viendo que salia de Méjico un capitan principal y amigo de Cortés, como era Sandoval; y tambien como viamos que en todos los pueblos de la redonda de Méjico no tenian minas de oro ni algodon ni cacao, sino mucho maíz y maqueyales, de donde sacaban el vino, y á esta causa la teniamos por tierra pobre, y nos fuimos á otras provincias á poblar, y en todas fuimos muy engañados.
Acuérdome que fuí á hablar á Cortés que me diese licencia para que fuese con Sandoval, y me dijo:
—«En mi conciencia, hermano Bernal Diaz del Castillo, que vivís engañado; que yo quisiera que quedárades aquí conmigo; mas si es vuestra voluntad ir con vuestro amigo Gonzalo de Sandoval, id en buena hora, é yo tendré siempre cuidado de lo que se os ofreciere, más bien sé que os arrepentireis por me dejar.»
Volvamos á decir de las partes del oro, que todo se quedó en poder de los oficiales del Rey, por las esclavas que habiamos sacado en las almonedas.
No quiero poner aquí por memoria qué tantos de á caballo ni ballesteros ni escopeteros ni soldados, ni en cuantos dias de tal mes despachó Cortés á los capitanes para que fuesen á poblar las provincias por mí arriba dichas, porque seria larga relacion; basta que digo pocos dias despues de ganado Méjico é preso Guatemuz, é de ahí á otros dos meses envió otro capitan á otras provincias.
Dejemos ahora de hablar de Cortés, y diré que en aquel instante vino al puerto de la Villa-Rica, con dos navíos, un Cristóbal de Tapia, veedor de las fundaciones que se hacian en Santo Domingo, y otros decian que era alcaide de aquella fortaleza que está en la isla de Santo Domingo, y traia provisiones y cartas misivas de don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos é se nombraba arzobispo de Rosano, para que le diésemos la gobernacion de la Nueva-España al Tapia; é lo que sobre ello pasó diré adelante.