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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CLI.

en parte segura, me quedé sin sentido, sin me poder sostener en mis piés é sin huelgo ninguno; y esto causó la gran fuerza que puse para me descabullir de aquella gentecilla, é de la mucha sangre que me salió: é digo que cuando me tenian engarrafado, que en el pensamiento yo me encomendaba á nuestro Señor Dios é á nuestra Señora su bendita Madre, y ponia la fuerza que he dicho, por donde me salvé; gracias á Dios por las mercedes que me hace.

Otra cosa quiero decir, que Pedro de Albarado y los de á caballo, como tuvieron harto en romper los escuadrones que nos venian por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno dellos aquella agua ni albarradas, sino fué uno solo de á caballo que habia venido poco habia de Castilla, y allí le mataron á él y al caballo; y como vió el Pedro de Albarado que nos veniamos retrayendo, nos iba ya á socorrer con otros de á caballo, y si allá pasara, por fuerza habiamos de volver sobre los indios; y si volviera, no quedara ninguno dellos ni de los caballos ni de nosotros á vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y habia tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas que para ello tenian largas, y dende las muchas azuteas que habia, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad; y con aquella vitoria que tenian los mejicanos, todo aquel dia, que era domingo, como dicho tengo, tornaron á venir á nuestro real otra tanta multitud de guerreros; que no nos dejaban ni nos podiamos valer, que ciertamente creyeron de nos desbaratar; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.

Dejemos desto, y digamos, cómo Cortés lo supo, del gran enojo que tenia, escribió luego en un bergantin á Pedro de Albarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de á caballo durmiesen en las calzadas, y en toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviesen buen recaudo en el real.

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