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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CXXXVII.

cuando salimos de Méjico, y sobre ducientos tlascaltecas, y que robaron muchas cargas de oro y otros despojos que dellos hubieron; que ruega á su señor Cocoivacin é á todos los más caciques y capitanes de Tezcuco que le dén el oro y ropa, y que la muerte de los españoles, que pues ya no tenia remedio, que no les pediria.

Y respondieron aquellos mensajeros que ellos lo dirian á su señor así como se lo mandaba; mas que el que los mandó matar fué el que en aquel tiempo alzaron en Méjico por señor despues de muerto Montezuma, que se decia Coadlauaca, é hubo todo el despojo, y le llevaron á Méjico todos los más teules, y que luego los sacrificaron á su Huichilóbos; y como Cortés vió aquella respuesta, por no los resabiar ni atemorizar, no les replicó en ello sino que fuesen con Dios, y quedó uno dellos en nuestra compañía, y luego nos fuimos á unos arrabales de Tezcuco, que se decian Guautinchan ó Huachutan, que ya se me olvidó el nombre, y allí nos dieron bien de comer y todo lo que hubimos menester, y aun derribamos unos ídolos que estaban en unos aposentos donde posábamos.

Y otro dia de mañana fuimos á la ciudad de Tezcuco, y en todas las calles ni casas no veiamos mujeres ni muchachos ni niños, sino todos los indios como asombrados y como gente que estaba de guerra; y fuímonos á aposentar á unos aposentos y salas grandes, y luego mandó Cortés llamar á nuestros capitanes y todos los más soldados, y nos dijo que no saliésemos de unos patios grandes que allí habia, y que estuviésemos muy apercebidos, porque no le parecia que estaba aquella ciudad pacífica, hasta ver cómo y de qué manera estaba, y mandó al Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí é á otros soldados, y á mí con ellos, que subiésemos al gran cu, que era bien alto, y llevásemos hasta veinte escopeteros para nuestra guarda, y que mirásemos desde el alto cu la laguna y la ciudad, porque bien se parecia toda; y vimos que todos los moradores de aquellas poblaciones se iban con sus haciendas y hatos é hijos y mujeres, unos á los montes y otros á las carrizales que hay en la laguna, que toda iba cuajada de canoas, dellas grandes y otras chicas; y como Cortés lo supo, quiso

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