tras los escuadrones, echábanse al agua, y tenian hechos unos mamparos, donde estaban otros guerreros aguardando con unas lanzas largas que habian hecho con las armas que nos tomaron cuando nos echaron de Méjico é salimos huyendo; y desta manera estuvimos peleando con ellos obra de un hora, y tanta priesa nos daban, que no nos podiamos sustentar contra ellos; y aun vimos que venia por otras partes una gran flota de canoas á atajarnos los pasos para tomarnos las espaldas, y conociendo esto nuestros capitanes y todos nuestros soldados, apercebimos que los amigos tlascaltecas que llevábamos nos embarazaban mucho la calzada, que se saliesen fuera, porque en el agua vista cosa es que no pueden pelear; y acordamos de con buen concierto retraernos y no pasar más adelante.
Pues cuando los mejicanos nos vieron retraer y echar fuera los tlascaltecas, ¡qué grita y alaridos nos daban! Y como se venian á juntar con nosotros pié con pié, digo que yo no lo sé escribir, porque toda la calzada hincheron de vara y flecha é piedra de las que nos tiraban, pues las que caian en el agua muchas más serian, y como nos vimos en tierra firme, dimos gracias á Dios por nos haber librado de aquella batalla, y ocho de nuestros soldados quedaron aquella vez muertos y más de cincuenta heridos; y aun con todo esto nos daban grita y decian vituperios desde las canoas, y nuestros amigos los tlascaltecas les decian que saliesen á tierra y que fuesen doblados los contrarios, y pelearian con ellos.
Esta fué la primera cosa que hicimos, quitalles el agua y darle vista á la laguna, aunque no ganamos honra con ellos; y aquella noche nos estuvimos en nuestro real y se curaron los heridos, y aun se murió un caballo, y pusimos buen cobro de velas y escuchas; y otro dia de mañana dijo el capitan Cristóbal de Olí que se queria ir á su puesto, que era á Cuyoacoan, que estaba de allí legua y media; é por más que le rogó Pedro de Albarado y otros caballeros que no se apartasen aquellas dos capitanías, sino que se estuviesen juntas, jamás quiso; porque, como era