É yendo que íbamos á su provincia, que son las poblaciones entre grandes ciénagas y caudalosos rios, é ya que llegábamos á dos leguas de su pueblo, les enviamos mensajeros á decir cómo íbamos, y la respuesta que dieron fué, que salen á nosotros tres escuadrones de flecheros y lanceros, que á la primera refriega mataron dos de nuestros compañeros, é á mí me dieron la primera herida de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salia, é en aquel tiempo no podia apretallo ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; pues el otro mi compañero que estaba por herir, que era el Francisco Martin, puesto que yo y él siempre haciamos cara é heriamos algunos contrarios, acordó de tomar las de Villadiego y acogerse á unas canoas que estaban cabe un rio que se decia Macapa; y como yo quedaba solo y mal herido, porque no me acabasen de matar, é sin sentido é poco acuerdo, me metí entre unos matorrales, y volviendo en mí, con fuerte corazon dije:
—«¡Oh, válgame nuestra Señora! ¿Si es verdad que tengo que morir hoy en poder destos perros?»
Y tomé tal esfuerzo, que salgo de las matas y rompo por los indios, que á buenas cuchilladas y estocadas me dieron lugar que saliese de entre ellos; y aunque me tornaron á herir, fuí á las canoas, donde estaba ya mi compañero Francisco Martin con cuatro indios amigos que eran los que habiamos traido con nosotros, que nos llevaban el hato; que estos indios, cuando estábamos peleando con los cimatecas, dejando las cargas, se acogen al rio en las canoas; y lo que nos dió la vida á mí y Francisco Martin fué, que los contrarios se embarazaron en robar nuestra ropa y petacas.
Dejemos de hablar en esto, y digamos que Dios fué servido escaparnos de no morir allí, y en las canoas pasamos aquel rio, que es muy grande é hondo, é hay en él muchos lagartos; y porque no nos siguiesen los cimatecas, que así se llaman, estuvimos ocho dias por los montes, y dende pocos dias se supo en Guacacualco esta nueva, y dijeron los indios que