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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CXLIV.

Aquí se hubieron muy buenas indias é despojos, y no aguardaron ningunos mejicanos ni los naturales en el pueblo; y nuestro Cortés envió á llamar á los caciques por tres ó cuatro veces que viniesen todos de paz, y que si no venian, que les quemaria el pueblo y los iriamos á buscar; y la respuesta fué que no querian venir; é porque otros pueblos tuviesen temor dello, mandó poner fuego á la mitad de las casas que allí cerca estaban, y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel dia pasamos, que ya he dicho que se dice Yautepeque, y dieron la obediencia á su Majestad; y otro dia fuimos camino de otro mejor y mayor pueblo, que se dice Coadalbaca, y comunmente corrompimos ahora aquel vocablo y le llamamos Cuernabaca, y habia dentro en él mucha gente de guerra, ansí de mejicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelo que están en las barrancas por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevaban mucha agua, y es fortaleza para ellos; y tambien no habia entrada para caballos sino por unas dos puentes, y teníanlas quebradas; y desta manera estaban tan fuertes, que no los podiamos llegar, puesto que nos llegábamos á pelear con ellos desta parte de sus cavas y riachuelo en medio, y ellos nos tiraban mucha vara y flecha é piedras con hondas; y estando desta manera, avisaron á Cortés que más adelante, obra de media legua, habia entrada para los caballos, y luego fué allá con los de á caballo, y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podia pasar á la otra parte de aquella honda cava, y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua, y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, aunque con harto peligro; porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso é malo de pasar, y se me desvanecia la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas, y comenzamos á dar por las espaldas de los mejicanos, que estaban tirando vara y flecha á los nuestros; y cuando lo vieron, que lo tenian por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más; y en este instante allegaron Cristóbal de Olí é Pedro de Albarado y

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