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nydus/Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España, Tomo IIPublic
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CAPÍTULO CXLV.

Pues estando velando yo y mis compañeros, sentimos el rumor de muchas canoas que venian á remo callado á desembarcar á aquel puesto donde estábamos, y á buenas pedradas y con las lanzas les resistimos, que no osaron desembarcar, y á uno de nuestros compañeros enviamos que fuese á dar aviso á Cortés; y estando en esto, volvieron otra vez otras muchas canoas cargadas de guerreros, y nos comenzaron á tirar mucha vara y piedra y flecha, y los tornamos á resistir, y entónces descalabraron á dos de nuestros soldados; y como era de noche muy escuro, se fueron á ajuntar las canoas con sus capitanes de la flota de canoas, y todas juntas fueron á desembarcar á otro puertezuelo ó acequias hondas; y como no son acostumbrados á pelear de noche, se juntaron todos con los escuadrones que Guatemuz enviaba por tierra, que eran ya dellos más de quince mil indios.

Tambien quiero decir, y esto no por me jactanciar, que como nuestro compañero fué á dar aviso á Cortés cómo habian llegado allí en el puerto donde velábamos muchas canoas de guerreros, segun dicho tengo, luego vino á hablar con nosotros el mismo Cortés, acompañado de diez de á caballo, y cuando llegó cerca sin nos hablar, dimos voces yo y un Gonzalo Sanchez, que era del Algarbe portugués, y dijimos:

—«¿Quién viene ahí? ¿No podeis hablar?»

Y le tiramos tres ó cuatro pedradas: y como me conoció Cortés en la voz á mí y á mi compañero, dijo Cortés al tesorero Julian de Alderete y á fray Pedro Melgarejo y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, que le acompañaban á rondar:

—«No es menester poner aquí más recaudo, que dos hombres están aquí puestos entre los que velan, que son de los que pasaron conmigo de los primeros, que bien podemos fiar dellos esta vela, y aunque sea otra cosa de mayor afrenta.»

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