¿Perdonará mi corresponsal que diga que, mientras él habla de verdades a medias, la totalidad de este pasaje indica el dominio de esa verdad a medias en particular que se encuentra en la base de la ilusión de la que trata mi libro? ¿Qué es un mercado? Su corresponsal evidentemente lo concibe como un lugar donde se venden cosas. Eso es solo la mitad de la verdad. Es un lugar donde se compran y venden cosas, y una operación es imposible sin la otra, y la noción de que una nación puede vender eternamente y nunca comprar es simplemente la teoría del movimiento perpetuo aplicada a la economía; y el comercio internacional no puede basarse en el movimiento perpetuo más que la ingeniería. Tratándose de naciones económicamente muy organizadas, un cliente debe ser también un competidor, un hecho que las bayonetas no pueden alterar. En la medida en que lo destruyan como competidor, lo destruyen, hablando en términos generales y amplios, como cliente. El difunto Sr. Seddon concebía que Inglaterra realizaba sus compras con "un torrente de soberanos de oro" que fluía de unas reservas cada vez más menguadas. Ese hombre "práctico", sin embargo, que tanto desdeñaba las "meras teorías", fue él mismo víctima de una teoría pura, y la imagen que conjuró desde su conciencia interna no tiene existencia en la realidad. Inglaterra apenas tiene suficiente oro para pagar los impuestos de un año, y si pagara sus importaciones en oro agotaría sus reservas en tres meses; y el proceso mediante el cual paga realmente lleva sesenta años desarrollándose. Es compradora exactamente en la medida en que es vendedora, y si ha de proporcionar un mercado a Alemania, debe obtener el dinero con el que pagar los bienes de Alemania vendiendo bienes a Alemania o a otra parte, y si ese proceso de venta se detiene, Alemania pierde un mercado, no solo el mercado inglés, sino también aquellos mercados que dependen a su vez de la capacidad de compra de Inglaterra —es decir, de su capacidad de venta, porque, de nuevo, una operación es imposible sin la otra—. Si su corresponsal hubiera tenido presente todo el proceso en lugar de la mitad, no creo que hubiera escrito los pasajes que he citado. Al secundar la concepción bismarckiana de la economía política, considera evidentemente que la ganancia de una nación es la medida de la pérdida de otra, y que las naciones viven robando a sus vecinos en mayor o menor grado. Esto es economía al estilo de Tamerlán y del indio americano y, felizmente, no guarda relación con los hechos reales del intercambio comercial moderno. La concepción de una sola mitad del caso domina por completo la carta de su corresponsal. Dice: «Alemania ha obtenido, y sigue obteniendo, una gran ventaja de la cláusula de nación más favorecida que obligó a Francia a introducir en el Tratado de Fráncfort», lo cual es muy cierto, pero omite la otra mitad de la verdad, algo importante para nuestra discusión, a saber: que Francia también se ha beneficiado enormemente, en la medida en que el alcance de la infructuosa guerra arancelaria se ha visto reducido en esa misma proporción. Otra ilustración: ¿Por qué debería Alemania haberse sentido profundamente decepcionada ante la rápida recuperación de Francia? El pueblo alemán no va a ser más rico por tener un vecino pobre; al contrario, va a ser más pobre, y no hay un solo economista con reputación que perder, sean cuales sean sus puntos de vista sobre la política fiscal, que cuestione esto ni por un instante. ¿Cómo impondría Alemania a una Inglaterra vencida unos arreglos comerciales que empobrecieran al vencido y enriquecieran al vencedor? ¿Haciendo cumplir otro tratado de Fráncfort, por el cual los puertos ingleses debieran mantenerse abiertos a los productos alemanes? Pero eso es precisamente lo que los puertos ingleses han sido durante sesenta años, y Alemania no se ha visto obligada a librar una guerra costosa para lograrlo. ¿Cerraría Alemania sus propios mercados a nuestros productos? Pero, de nuevo, eso es precisamente lo que ha hecho, otra vez sin guerra, y mediante un derecho que jamás se nos ocurriría cuestionar. ¿Cómo va a afectar la guerra a la cuestión de un modo u otro? Llevo diez años pidiendo una respuesta detallada a esa pregunta a los publicistas y estadistas europeos, y nunca se me ha respondido, salvo con mucha vaguedad, muchas frases bonitas sobre la supremacía comercial, una política exterior enérgica, el prestigio nacional y mucho más, que nadie parece capaz de definir; pero una política real, un *modus operandi*, un balance que uno pueda analizar, jamás. Y hasta que eso no llegue, seguiré creyendo que todo se basa en una ilusión. La verdadera prueba de las falacias de este tipo es la progresión. Imaginemos a Alemania (como nuestros partidarios de la línea dura parecen soñar) convertida en dueña absoluta de Europa y capaz de dictar cualquier política que le placiera. ¿Cómo trataría a semejante imperio europeo? ¿Empobreciendo a sus partes integrantes? Pero eso sería un suicidio. ¿Dónde encontraría su numerosa población industrial sus mercados?15 Si se propusiera desarrollar y enriquecer a las partes integrantes, estas se convertirían meramente en competidores eficientes, y no habría necesitado emprender la guerra más costosa de la historia para llegar a ese resultado. Esta es la paradoja, la inutilidad de la conquista: la gran ilusión que la historia de nuestro propio Imperio ilustra tan bien. Los británicos "poseemos" nuestro Imperio permitiendo que sus partes integrantes se desarrollen a su manera y de acuerdo con sus propios fines, y todos los imperios que han perseguido cualquier otra política solo han terminado por empobrecer a sus propias poblaciones y desmoronarse. Su corresponsal pregunta: «¿Está preparado el Sr. Norman Angell para sostener que Japón no ha obtenido ninguna ventaja política o comercial de sus victorias, y que Rusia no ha sufrido ninguna pérdida a causa de su derrota?». Lo que estoy preparado para sostener, y lo que los expertos saben que es la verdad, es que el pueblo japonés es más pobre, no más rico, a causa de su guerra, y que el pueblo ruso ganará más con la derrota de lo que jamás podría haber ganado con la victoria, ya que la derrota constituirá un freno a la política económicamente estéril del engrandecimiento militar y territorial, y desvíará las energías rusas hacia el desarrollo social y económico; y es debido a este hecho que Rusia está demostrando en el momento presente, a pesar de sus desesperados problemas internos, una capacidad de regeneración económica tan grande como la de Japón, si no mayor. Este último país está batiendo todos los récords modernos, civilizados o incivilizados, en lo que respecta a lo gravoso de sus impuestos. De media, el pueblo japonés paga el 30 por ciento —casi un tercio— de su ingreso neto en impuestos de una u otra forma, y tan lejos se han visto obligados a llevar el principio progresivo que un japonés lo suficientemente afortunado como para poseer un ingreso de diez mil al año tiene que entregar más de seis mil de este en impuestos, una condición de cosas que, por supuesto, crearía una revolución en cualquier país europeo en veinticuatro horas. ¡Y esto se cita como un resultado tan brillante que quienes lo cuestionan no pueden estar haciéndolo seriamente!16 Por otra parte, por primera vez en veinte años el presupuesto ruso muestra un superávit. Esta recuperación de la nación derrotada tras las guerras ni siquiera es propia de nuestra generación. Diez años después de la guerra franco-prusiana, Francia se encontraba en una mejor posición financiera que Alemania, como está en una mejor posición financiera hoy en día, y aunque su comercio exterior no muestra una expansión tan grande como el de Alemania —porque su población permanece absolutamente estacionaria, mientras que la de Alemania aumenta a pasos gigantescos—, el pueblo francés en su conjunto es más próspero, está más desahogado, tiene mayor seguridad económica, con una mayor reserva de ahorros y todas las ventajas morales y sociales que ello conlleva, que los alemanes. Del mismo modo, el renacimiento social e industrial de la España moderna data del día en que fue derrotada y perdió sus colonias, y es desde su derrota cuando los valores españoles acaban de duplicar su valor.17 Es desde que Inglaterra añadió los "yacimientos auríferos del mundo" a sus "posesiones" cuando los fondos públicos británicos (*Consols*) han caído veintidós puntos. ¡Tal es el resultado en términos de bienestar social del éxito militar y del prestigio político!
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Capítulo I. Exposición de los argumentos económicos a favor de la guerra
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