Este «capricho» le ha costado a las dos naciones, en los últimos diez años, una suma mayor que la indemnización que Francia pagó a Alemania. ¿Supone el señor Churchill que estos millones saben, o piensan, que esta lucha es por un mero lujo o capricho? Y si lo supieran, ¿sería un asunto tan sencillo para el Gobierno alemán mantener el juego?
Pero aquellos que, durante la última década en Inglaterra, han llevado a cabo, a tiempo y a destiempo, esta activa campaña en favor del aumento de los armamentos británicos, no creen que la acción de Alemania sea el resultado de un mero capricho. Ellos, al formar parte de la opinión pública de Europa, suscriben la doctrina europea general de que Alemania se ve empujada a hacer estas cosas por necesidades nacionales reales, por su necesidad de expansión, de encontrar alimento y medios de vida para todos estos millones en aumento.
Y, si esto es así, los ingleses le están pidiendo a Alemania que, al rendirse en esta contienda, traicione a las futuras generaciones alemanas, negándoles deliberadamente aquellos campos que la fuerza y la fortaleza de esta generación podrían ganar. Si esta doctrina común es verdadera, los ingleses le están pidiendo a Alemania que cometa un suicidio nacional.7
¿Por qué habría de suponerse que Alemania lo hará? ¿Que será menos persistente en la protección de su interés nacional, de su posteridad, que será menos fiel que los propios británicos a los grandes impulsos nacionales?
¿No ha quedado atrás el día en que los hombres cultos pueden dar por sentado con total tranquilidad que cualquier inglés vale por tres extranjeros? Y, sin embargo, semejante suposición —por ignorante y provinciana que estemos obligados a admitir que es— es la única que puede justificar de algún modo esta política de concentrarse exclusivamente en el armamentismo.
Hasta el almirante Fisher puede escribir: