Este dictamen recuerda a otro, igualmente enfático, que en su día pronunció un colega del difunto Procurador del Santo Sínodo en Rusia, quien dijo:
> No hay más que un modo de asegurar la paz religiosa en el Estado: obligar a todos los habitantes de ese Estado a someterse a la religión oficial. Quienes no se sometan deben, en aras de la paz, ser expulsados.
El Sr. Lecky, quien de todos los autores es tal vez el que más sugerentemente ha escrito sobre la desaparición de la persecución religiosa, ha señalado que el conflicto entre cuerpos religiosos opuestos surgió de un espíritu religioso que, aunque a menudo noble y desinteresado (protesta con energía contra la idea de que la persecución en su conjunto fuera dictada por motivos interesados), no estaba purificado por el racionalismo; y añade que la irracionalidad que antaño caracterizaba al sentimiento religioso ha sido reemplazada ahora por la irracionalidad del patriotismo. El Sr. Lecky dice:
Si adoptamos una visión amplia del curso de la historia y examinamos las relaciones de las grandes masas humanas, descubrimos que la religión y el patriotismo son las principales influencias morales a las que han estado sometidas, y que las modificaciones separadas y la interacción mutua de estos dos agentes casi se puede decir que constituyen la historia moral de la humanidad.
¿Debe esperarse acaso que la racionalización y la humanización que han tenido lugar en el ámbito más complejo de la doctrina y la creencia religiosas no tengan lugar también en el ámbito del patriotismo? Más especialmente, como señala el mismo autor, puesto que fueron las necesidades del interés material las que propiciaron la reforma en el primer ámbito, y dado que «no solo el interés, a diferencia de la pasión,