se pasa la vida peleando. Durante los primeros veinte años de la existencia independiente de Venezuela, esta libró nada menos que ciento veinte batallas importantes, ya fuera con sus vecinos o consigo misma, y ha mantenido el promedio bastante bien desde entonces.
Cada elección es una pelea —nada de «peleas de boca», nada de cobardes asambleas parlanchinas para ellos—. Buenos, honestos, duros y varoniles golpes, con entre uno y cinco mil muertos y heridos dejados en el campo. Los presidentes de estas enérgicas repúblicas no son poltrones de políticos, sino soldados: hombres de sangre y hierro con alevosía, hombres muy del agrado del señor Roosevelt, todos siguiendo «la buena regla de antaño, el plan sencillo».
Estas son las personas que han seguido el consejo de Carlyle de «cerrar los parlamentos». Ellos se lo disputan como hombres; ellos conversan con ametralladoras Gatling y fusiles Mauser. ¡Oh, son un lote muy fino, varonil y militar! Si la lucha propicia la supervivencia, deberían desplazar por completo del terreno a Canadá y a los Estados Unidos, cuyos países —el uno sin haber conocido jamás una batalla real en la mayor parte de sus cien años de vida cobarde, sórdida y pacífica, y el otro al que Homer Lea nos asegura que está muriendo sin duda a causa de su tendencia a evitar los combates— deberían desaparecer.
Mr. Lea does not make any secret of the fact
(and if he did, some of his rhetoric would display it)
that he is out of sympathy with predominant American ideals. He might emigrate to Venezuela, or Colombia, or Nicaragua. He would be able to prove to each military dictator in turn that, in converting the country into a shambles, far from committing a foul crime for which such dictators should be, and are, held in execration by civilized men the world over, they are, on the contrary, but obeying one of God's commands in tune with all the immutable laws of the universe.