¿Queremos decir con la frase «la naturaleza humana no cambia» que los sentimientos del hombre paleolítico que comía los cuerpos de sus enemigos y de sus propios hijos son los mismos que los de un Herbert Spencer, o incluso los del neoyorquino moderno que toma su tren subterráneo para ir al trabajo por la mañana? Si la naturaleza humana no cambia, ¿podemos por tanto esperar que el oficinista mate a golpes a su madre y la sirva para cenar, o suponer que lord Roberts o lord Kitchener tienen la costumbre, durante sus campañas, de ensartar a los bebés de sus enemigos en las puntas de las lanzas, o de atropellar con su automóvil los cuerpos de niñas jóvenes, como hacían los líderes de los antiguos hombres del norte en sus carros de bueyes?
¿Qué significan realmente estas frases?
Estas, y muchas otras semejantes, son repetidas con aire de gran sabiduría y profundidad, y con modales de sabelotodo, por periodistas y escritores de renombre, y uno puede encontrarlas flagrantes cualquier día en nuestros periódicos y revistas; sin embargo, el más superficial de los exámenes demuestra que no tienen nada de sabias ni de profundas, sino que son simplemente frases hechas, repetidas como loros, que carecen de sentido común y van en contra de los hechos de la experiencia cotidiana.
La verdad es que los hechos del mundo, tal como se nos presentan de manera evidente, demuestran que, en nuestra actitud común, no solo pasamos por alto las modificaciones en la naturaleza humana que han ocurrido históricamente desde ayer —ocurridas incluso en nuestra generación—, sino que también ignoramos la modificación de la naturaleza humana que las meras diferencias de hábito social, costumbre y perspectiva logran producir. Tomemos el caso del duelo. Incluso la gente educada en Alemania, Francia e Italia les dirá que «no está en la naturaleza humana» esperar