El pacifismo, lejos de ser tachado de demasiado idealista y sentimental, es ahora despreciado como «sórdidamente material».
No deseo, al señalar este hecho, limitarme a lanzar una burla fácil. Quiero, por el contrario, hacer plena justicia al punto de vista de quienes sostienen que los motivos morales impulsan a los hombres a la guerra.
Nunca he sostenido, en verdad, que el defensor de la guerra sea moralmente inferior al defensor de la paz, ni que se gane mucho enfatizando la superioridad moral del ideal pacifista.
Demasiadas veces se ha asumido en la defensa del pacifismo que lo que se necesita para resolver las dificultades en el ámbito internacional es un mejor tono moral, una mayor bondad y demás; pues esa supuesta premisa ignora el hecho de que la emoción de la humanidad que la aparta de la guerra puede verse más que contrarrestada por la emoción moral, igualmente fuerte, que asociamos con el patriotismo.
El patriota admite que la guerra puede causar sufrimiento, pero insiste en que los hombres deben estar preparados para soportar el sufrimiento por su país. Como señalé en el primer capítulo de este libro, el llamamiento pacifista a la humanidad fracasa a menudo porque el militarista alega que él también está trabajando y sufriendo por la humanidad.
Mi objeto al llamar la atención sobre este desplazamiento inconsciente del terreno, por parte del defensor de la guerra, es meramente sugerir que el curso de los acontecimientos durante la última generación ha hecho que los argumentos económicos en favor de la guerra sean prácticamente indefendibles, y ha obligado consecuentemente a quienes la defienden a cambiar su defensa.
Tampoco estoy sugiriendo, por supuesto, que la defensa sentimental de la guerra sea una doctrina moderna —las citas hechas en el capítulo anterior demuestran que no es así—, sino meramente que ahora se pone mayor énfasis en los argumentos morales.