conducta de esos mismos hombres cuando actúan colectivamente en asuntos políticos. Y una de las cosas más asombrosas de la política es el poco esfuerzo que los hombres de negocios dedican a poner su credo político en consonancia con su conducta diaria; cuán poco, en realidad, se percatan de la implicación política de su labor diaria. Es, en efecto, un caso en el que los árboles no dejan ver el
Pero de no ser por algún fenómeno de este tipo, sin duda no veríamos la contradicción entre la práctica cotidiana del mundo de los negocios y la filosofía política imperante que entrañan la seguridad de la propiedad en los Estados más pequeños y la alta prosperidad de estos.
Nos dicen todos los expertos políticos que las grandes armadas y los grandes ejércitos son necesarios para proteger nuestra riqueza contra la agresión de vecinos poderosos, cuya codicia y voracidad solo pueden ser controladas por la fuerza; que los tratados no sirven de nada, y que en la política internacional el poder crea el derecho, que la seguridad militar y la comercial son idénticas, que los armamentos se justificados por la necesidad de seguridad comercial; que nuestra armada es un "seguro", y que un país sin poder militar con el cual sus diplomáticos puedan "negociar" en el Consejo de Europa se encuentra en una desventaja económica desesperada.
Sin embargo, cuando el inversor, estudiando la cuestión en su aspecto puramente financiero y material, ha de decidirse entre los grandes Estados, con toda su imponente parafernalia de ejércitos colosales y armadas fabulosamente costosas, y los pequeños Estados, que no poseen relativamente ningún poder militar, se inclina rotundamente, y con lo que dadas las circunstancias supone una diferencia tremenda, a favor de los pequeños e indefensos.
Pues una diferencia de veinte puntos, como la que hallamos entre los valores noruegos y los rusos, y de catorce entre los belgas y los alemanes,