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nydus/The Great IllusionPublic
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Capítulo I: La relación de la defensa con la agresión

En el fondo de su mente —y esto lo digo no a la ligera ni como una conjetura, sino como una convicción absoluta tras una observación muy detenida—, el ideal de la paz se concibe como la exigencia de que debilite sus propias defensas sin otra garantía que la de que su rival o enemigo potencial se portará bien y no será lo suficientemente malvado como para atacarlo.

Le parece más o menos equivalente a pedir que no cierre sus puertas con llave porque suponer que la gente le va a robar es tener un concepto bajo de la naturaleza humana.

Aunque cree que su propia posición en el mundo (como potencia colonial, etc.) es el resultado del uso de su propia fuerza, de su disposición a apoderarse de lo que se podía apoderar, se le pide que crea que los extranjeros no harán en el futuro lo que él mismo hizo en el pasado. Esto le resulta difícil de tragar.

Salvo en sus ratos domingueros, todo aquello lo enfurece. Le parece «injusto», por cuanto sus propios compatriotas le piden que haga algo que al parecer no exigen de los extranjeros; se le antoja poco varonil, por cuanto se le pide que renuncie a la ventaja que su fuerza le ha garantizado en favor de un ideal un tanto afeminado.

El patriota siente que su intención moral es tan sincera como la del pacifista; que, en efecto, el patriotismo es un ideal moral más noble que el pacifismo.

La diferencia entre el pacifista y el defensor de la real-politik es intelectual y en absoluto moral, y la presunción de superioridad moral que a veces adopta el primero perjudica enormemente a la causa que le es tan cara.

Hasta que el pacifista pueda demostrar que el empleo de la fuerza militar no logra asegurar ninguna ventaja material, el ciudadano de a pie seguirá creyendo, en tiempos normales, que el militarista cuenta con una sanción moral tan grande como la que subyace al pacifismo.

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