adquiere un mayor imperio a medida que avanza la civilización, sino que la pasión misma se guía principalmente por su poder».
¿No tenemos acaso abundante evidencia, en verdad, de que la pasión del patriotismo, tal como se desvincula del interés material, está siendo modificada por la presión del interés material? ¿No están conduciendo inevitablemente a ese resultado los innumerables hechos de interdependencia nacional que he señalado aquí?
¿Y no estamos justificados al concluir que, así como el progreso del racionalismo ha hecho posible que los diversos grupos religiosos convivan, existan lado a lado sin conflicto físico; así como no ha habido en ese ámbito una opción necesaria entre la dominación universal o la lucha interminable, de igual manera el progreso del racionalismo político marcará la evolución de la relación entre los grupos políticos; que la lucha por la dominación cesará porque se comprenderá que la dominación física es inútil, y que en lugar de una lucha universal o una dominación universal surgirá, sin tratados formales ni Santas Alianzas, la determinación general de que cada cual siga su camino sin ser molestado en su lealtad política, del mismo modo en que hoy no es molestado en su lealtad religiosa?
Quizá la prueba más contundente de que toda la tendencia humana se aleja de un conflicto como el representado por la guerra entre Estados se encuentre en los escritos de aquellos que declaran que la guerra es inevitable. Entre los escritores citados en el primer capítulo de esta sección, no hay uno solo que, si se examinan sus argumentos con detenimiento, no demuestre que comprende, consciente o subconscientemente, que la disposición del hombre a luchar, lejos de permanecer inalterada, se está debilitando rápidamente. Tómese, por ejemplo, una de las obras más recientes que expresan la filosofía de que la guerra es inevitable; de que, en efecto, es tanto perverso