devore al otro. Ninguno es devorado. En la siguiente etapa ni siquiera despojamos a los jefes —un sacrificio mayor de la fuerza física—, simplemente imponemos tributo.
Pero la nación conquistadora pronto se encuentra en la posición del jan en su propio Estado: cuanto más exprime, menos obtiene, hasta que, finalmente, el costo de conseguir el dinero por medios militares supera lo que se obtiene. Fue el caso de España en la América española: cuanto más territorio «poseía», más pobre se volvía.
El conquistador prudente, entonces, descubre que es mejor que la exacción de tributos un mercado exclusivo: del viejo tipo colonial inglés. Pero en el proceso de garantizar la exclusividad se pierde más de lo que se gana:
- a las colonias se les permite elegir su propio sistema: un mayor alejamiento del uso de la fuerza, un mayor alejamiento de la hostilidad y la combatividad.
Resultado final: abandono completo de la fuerza física, la cooperación sobre la base del beneficio mutuo como única relación, con referencia no meramente a las colonias que se han convertido de hecho en Estados extranjeros, sino también a Estados extranjeros tanto de nombre como de hecho. Hemos llegado no a la intensificación de la lucha entre los hombres, sino a una condición de dependencia vital respecto de la prosperidad de los extranjeros. Si Inglaterra pudiera por arte de magia matar a todos los extranjeros, la mitad de la población británica moriría de hambre. Esta no es una condición que propenda indefinidamente a la hostilidad hacia los extranjeros; menos aún es una condición en la cual tal hostilidad halle su justificación en algún instinto real de autoconservación o en alguna ley biológica profundamente arraigada. Con cada nueva intensificación de la dependencia entre las partes del organismo debe marchar ese desarrollo psicológico que ha caracterizado cada etapa del progreso en el pasado, desde el día en que matábamos a