El ejercicio del dominio conlleva inevitablemente para el propio amo cierta esclavitud más o menos pronunciada. Las masas incultas, e incluso la mayor parte de las cultas, considerarán absurda esta afirmación, y aunque muchos de los que han leído la historia atendiendo a lo esencial más que a las trivialidades saben que se trata de una paradoja en el buen sentido —es decir, cierta en los hechos aunque no lo parezca—, ni siquiera ellos son plenamente conscientes de la masa de pruebas que la establecen, y les vendrá muy bien que les recuerden algunas ilustraciones. Permítanme empezar por la más antigua y sencilla, que sirve para simbolizar el conjunto. He aquí a un prisionero, con las manos atadas y una cuerda al cuello (como sugieren las figuras en los bajorrelieves asirios), que es conducido a su hogar por su salvaje vencedor, el cual pretende convertirlo en esclavo. Uno de ellos, dirán ustedes, es cautivo y el otro libre. ¿Están del todo seguros de que el otro es libre? Sostiene un extremo de la cuerda y, a menos que pretenda que su cautivo escape, debe seguir atado manteniendo la cuerda de tal modo que no pueda desprenderse fácilmente. Él mismo debe estar atado al cautivo mientras el cautivo está atado a él. De otras maneras sus actividades se ven impedidas y se le imponen ciertas cargas. Un animal salvaje cruza el camino y no puede perseguirlo. Si desea beber del arroyo cercano, debe atar a su cautivo, no sea que este se aproveche de su posición indefensa. Además, tiene que proveer alimento para ambos. De diversas maneras ya no goza, por tanto, de completa libertad; y estas preocupaciones prefiguran de un modo sencillo la verdad universal de que los instrumentos mediante los cuales se efectúa la subordinación de los otros subordinan a su vez al vencedor, al amo o al gobernante.55
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Capítulo I El caso psicológico de la guerra
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