La postura original de los defensores de los credos políticos tradicionales era que la tesis económica aquí esbozada era sencillamente errónea; después, que los principios en sí eran bastante sólidos, pero que carecían de relevancia porque no eran los intereses, sino los ideales, los que constituían la causa del conflicto entre las naciones. Como réplica a esto surgió, por supuesto, la pregunta: ¿Qué ideales, al margen de las cuestiones de interés, se hallan en el fondo del conflicto que resulta más característico de nuestro tiempo?, ¿qué móvil ideal persigue Alemania, por ejemplo, en su supuesta agresión contra Inglaterra? En consecuencia, dicha postura ha sido abandonada por lo general.
Luego se nos dijo que los hombres no actúan por lógica, sino por pasión. Después se les preguntó a los críticos cómo explicaban el carácter general de la haute politique, sus frías intrigas y conveniencias, los extraordinarios y rápidos cambios en las alianzas y ententes, todo ello siguiendo exactamente una línea de interés desapasionado y razonado, aunque a partir de falsas premisas, con una lógica verdaderamente notable; y se les preguntó si toda la experiencia no demuestra que, si bien la pasión puede determinar la energía con la que se persigue una determinada línea de conducta, la dirección de esa línea de conducta está determinada por procesos de otra índole:
Juan, al ver a lo lejos a Jaime, su acérrimo y buscado enemigo de toda la vida, siente cómo su odio se solivianta apasionadamente y abriga pensamientos de homicidio. Al acercarse, ve que no es Jaime en absoluto, sino un vecino tranquilo e inofensivo, Pedro. Los pensamientos homicidas de Juan se apaciguan, no porque haya cambiado de naturaleza, sino porque el reconocimiento de un simple hecho ha cambiado la dirección de su pasión.