pequeño grupo de junkers prusianos, no está en absoluto enamorado de él, como lo demuestra el crecimiento sin parangón del elemento socialdemócrata, que es la negación del imperialismo militar y que, como demuestran las cifras en Prusia, recibe el apoyo no solo de una clase de la población, sino también de las clases mercantil, industrial y profesional. La agitación en favor de la reforma electoral en Prusia muestra cuán agudo se ha vuelto el conflicto; por un lado, el creciente elemento democrático muestra cada vez más una tendencia revolucionaria, y por el otro, la autocracia prusiana muestra cada vez menos disposición a ceder. ¿Cree realmente alguien que la situación va a quedarse ahí, que los partidos democráticos seguirán creciendo en número y se contentarán para siempre con ser pisoteados por el «prusiano con botas», y que la democracia alemana aceptará indefinidamente una situación en la que siempre será posible —en palabras del junker von Oldenburg, miembro del Reichstag— que el Emperador alemán le diga a un teniente: «Tome diez hombres y clausure el Reichstag»?
¿Cuál habrá de ser la apreciación del alemán sobre el valor de la victoria militar y la militarización cuando, principalmente debido a ellas, se ve envuelto en una lucha que otras naciones menos militarizadas resolvieron hace una generación? Y el defensor inglés del régimen militarista, que presenta el sistema alemán como modelo a imitar, ¿qué tiene que decir de él como escuela de disciplina nacional, cuando el propio Canciller Imperial defiende la negativa al sufragio democrático semejante al vigente en Inglaterra bajo el argumento de que el pueblo prusiano aún no ha adquirido aquellas cualidades de disciplina pública que lo hacen viable en Inglaterra?47
A pesar de todo, aquello para lo que Prusia, en opinión del Canciller, aún no está preparada, las naciones escandinavas, Suiza, Holanda y Bélgica se han preparado por sí mismas sin la ayuda de la victoria militar y la subsiguiente regimentación.