¿Por qué he presentado los hechos en este orden, y abordado el resultado psicológico implicado en este cambio antes que el cambio en sí? He adoptado este orden de tratamiento porque el defensor de la guerra justifica su dogmatismo en su mayor parte apelando a lo que alega que es el único hecho dominante de la situación, es decir, que la naturaleza humana es inmutable.
Pues bien, como se verá en el capítulo sobre ese tema, ese supuesto hecho no resiste el análisis.
La naturaleza humana está cambiando de manera irreconocible. No solo el hombre lucha menos, sino que utiliza menos todas las formas de coacción física y, como resultado muy natural, está perdiendo aquellos atributos psicológicos que van de la mano del empleo de la fuerza física. Y está llegando a emplear menos la fuerza física porque la evidencia acumulada lo empuja cada vez más a la conclusión de que puede lograr más fácilmente aquello por lo que lucha mediante otros medios.
Pocos de nosotros nos damos cuenta de hasta qué punto la presión económica —y uso este término en su justos sentido, entendiendo por ella no solo la lucha por el dinero, sino todo lo que ello implica, el bienestar, la consideración social y lo demás— ha reemplazado a la fuerza física en los asuntos humanos.
La mente primitiva no podía concebir un mundo en el que todo no estuviera regulado por la fuerza; ni siquiera las grandes mentes de la antigüedad podían creer que el mundo llegaría a ser laborioso a menos que a la gran masa se la hiciera laboriosa mediante el uso de la fuerza física, es decir, mediante la esclavitud. Tres cuartas partes de quienes poblaban lo que hoy es Italia en los días de mayor esplendor de Roma eran esclavos, encadenados en los campos durante el trabajo, encadenados por la noche en sus dormitorios, con aquellos que hacían de porteros encadenados a los umbrales de las puertas. Era