renuncia al privilegio de usar la fuerza para asegurar el cumplimiento de sus opiniones— se está convirtiendo cada vez más en un lugar común del gobierno colonial británico.
En cuanto a la situación fiscal de las Colonias, eso es precisamente lo que es su relación política en todo menos en el nombre; son naciones extranjeras.
Erigen aranceles contra Gran Bretaña; excluyen de manera absoluta a grandes sectores de los súbditos británicos (prácticamente hablando, a ningún indio británico se le permite poner un pie en Australia, y sin embargo la India británica constituye la mayor parte del Imperio británico), y aun contra los súbditos británicos procedentes de Gran Bretaña se promulgan leyes de exclusión vejatorias.
Nuevamente surge la pregunta: ¿Podría un país extranjero hacer más?
Si se concede una preferencia fiscal a Gran Bretaña, dicha preferencia no es el resultado de la «propiedad» británica de las Colonias, sino el acto libre de los legisladores coloniales, y podría ser concedida igualmente por cualquier nación extranjera que deseara propiciar relaciones fiscales más estrechas con Gran Bretaña.31
¿Es concebible que Alemania, si se comprendieran las relaciones reales entre la Gran Bretaña y sus colonias, emprendiera la guerra de conquista más costosa de la historia con el fin de adquirir una posición absurda y sin beneficios de la cual no podría extraer ni la sombra de una ventaja material?
Puede alegarse que Alemania podría, el día después de la conquista, intentar imponer una política que le otorgara una ventaja material en las Colonias, tal como España y Portugal intentaron crear para sí mismas. Pero en ese caso, ¿es concebible que Alemania, sin experiencia colonial, sea capaz de imponer una política que Gran Bretaña se vio obligada a