celebra sus juicios y arroja a los pueblos unos contra otros» (Die Weltgeschichte ist das Weltgericht); y el Dr. Steinmetz no cree que a la larga el azar y la suerte desempeñen papel alguno en la distribución de los resultados.
Se arguye que la hostilidad internacional es meramente el estímulo psicológico de esa combatividad que constituye un elemento necesario de la existencia y que, aunque —al igual que otros instintos elementales, como nuestros apetitos animales— en algunas de sus manifestaciones pueda ser bastante desagradable, propicia la supervivencia y, en esa medida, forma parte del gran plan.
Una disposición excesiva a aceptar las «seguridades amistosas» de otra nación y una indebida ausencia de desconfianza harían, de acuerdo con una especie de ley de Gresham en las relaciones internacionales, que las comunidades humanas y amistosas desaparecieran progresivamente en favor de las truculentas y brutales.
Si la cordialidad y el buen sentimiento hacia otras naciones nos llevaran a relajar nuestros esfuerzos de autodefensa, las comunidades belicosas verían en esta relajación una oportunidad para cometer agresiones, por lo que existiría una tendencia a que las menos civilizadas aniquilaran a las más civilizadas.
La animosidad y la hostilidad entre las naciones actúan como un correctivo contra esta blandura sentimental y, en esa medida, desempeñan un papel útil, por muy desagradables que parezcan: «poco agraciadas, pero útiles, como el basurero».
Aunque los motivos materiales y económicos que incitan al conflicto dejen de tener vigencia, se encontrarán otros motivos que no sean los económicos para el choque, tan profundo es el estímulo psicológico que lo propicia.