La maldición de vuestra civilización es el soldado y el temperamento del soldado. Es imposible que dos de vosotros, y menos aún dos partidos, mantengan una discusión sin que uno quiera luchar contra el otro por el asunto en cuestión. Consideráis una merma de la dignidad considerar el punto de vista de la otra parte, e intentar satisfacerlo, si es posible luchar al respecto. Estimáis que el valor personal compensa todos los defectos. El soldado de mal carácter es más tenido en cuenta entre vosotros que el civil de buen carácter, y la aventura militar se considera más honorable que el trabajo honrado. Pasáis por alto la peor corrupción, la peor opresión, en vuestros líderes con tal de que la recubran con fanfarronada militar y declamaciones sobre la valentía, el destino y el patriotismo. Hasta que no haya un cambio en este espíritu no dejaréis de ser las víctimas de la malvada opresión. Hasta que vuestra población general —vuestro campesinado y vuestros trabajadores— se niegue a ser conducida de este modo al matadero en disputas de las cuales nada saben ni les importa, pero a las cuales son arrastrados porque también prefieren la lucha al trabajo; hasta que todo esto suceda, esas hermosas tierras que se cuentan entre las más fértiles de la tierra de Dios no sustentarán a un pueblo feliz y próspero que viva en el contentamiento y en la posesión segura de los frutos de su labor.
Hispanoamérica parece al fin en buen camino para sacudirse la dominación del militar y despertar de estas pesadillas de sucesivos despotismos militares templados por el asesinato, si bien, al abandonar, en palabras del señor Caivano, «la aventura militar por el trabajo honesto», tendrá necesariamente menos que ver con aquellas hazañas de sangre y valor de