El encanto de la conquista fue, por supuesto, la ruina de España. Mientras le fue posible vivir a base de lingotes extorsionados, el desarrollo social o industrial pareció imposible.
A pesar de la idea generalizada de lo contrario, Alemania ha sabido mantener a raya este fatal hipnotismo, y, lejos de permitir que sus actividades militares absorban a las industriales, son precisamente las actividades militares las que están en vías de ser absorbidas por las industriales y comerciales, y su comercio mundial tiene su fundamento, no en el tributo o lingotes exaccionados a punta de espada, de acuerdo con el principio de la fuerza, sino en un intercambio sano y honrado.
De modo que hoy el legítimo tributo comercial que Alemania —que nunca envió un soldado allí— arranca a la América española es inmensamente mayor que el que va a España, que derramó sangre y tesoro durante tres siglos en estos territorios. ¡De este modo, una vez más, los pueblos belicosos heredan la tierra!
Si Alemania no ha de duplicar jamás la decadencia de España, es precisamente porque (1) nunca ha tenido, históricamente, la tentación española de vivir de la conquista, y (2) porque, teniendo que vivir de la industria honesta, su dominio comercial, incluso sobre los territorios conquistados por España, se halla más firmemente asentado que el de la propia España.
¿Cómo podemos resumir todo el caso, teniendo en cuenta a todos los imperios que han existido —el asirio, el babilónico, el medo y el persa, el macedónico, el romano, el franco, el sajón, el español, el portugués, el borbón, el napoleónico? En todos y cada uno de ellos podemos ver el mismo proceso, que es este: > Si sigue siendo militar, decae; si prospera y toma su parte en la labor del mundo, deja de ser