desarrollo de los últimos treinta años más o menos ha demostrado estar obsoleto?
Tampoco paso por alto la «tradición prusiana», el hecho de un estatus aristocrático firmemente arraigado, el legado intelectual de la caballería pagana y sabe Dios qué más. Pero incluso un Junker prusiano se vuelve menos energúmeno a medida que se hace más científico,60 y aunque la ciencia alemana ha gastado últimamente sus energías en una especialización algo árida, la influencia de concepciones más ilustradas en la sociología y el arte de gobernar tarde o temprano ha de surgir de cualquier estudio exhaustivo de los problemas políticos y económicos.
Por supuesto, existen pervivencias del viejo carácter, pero ¿puede sostenerse seriamente que, cuando se demuestre plenamente la futilidad de la fuerza física para lograr aquellos fines hacia los cuales todos nos esforzamos, seguiremos manteniendo la guerra como una especie de entretenimiento teatral?
¿Ha ocurrido alguna vez algo semejante en el pasado, cuando nuestros impulsos y nuestros instintos «deportivos» entraron en conflicto con nuestros intereses sociales y económicos más amplios?
Todo esto, en otras palabras, entraña mucho más que el mero cambio en el carácter de la guerra. Entraña un cambio fundamental en nuestra actitud psicológica hacia ella. No solo muestra que por todas partes, incluso en el ámbito militar, el conflicto debe volverse menos impulsivo e instintivo, más racional y sostenido, menos la lucha ciega de hombres que se mutuo odio profesan, y cada vez más el esfuerzo calculado hacia un fin determinado; sino que afectará las fuentes mismas de gran parte de la defensa actual de la guerra.
¿Por qué las autoridades que he citado en el primer capítulo de esta sección —el Sr. Roosevelt, Von Moltke, Renan y los clérigos ingleses— ensalzan la guerra como una escuela de moral tan valiosa?61