un entendimiento», según la común expresión, que por una vez resulta acertada. ¿Pero es esto un motivo para menospreciar la importancia de un claro entendimiento? ¿No es, por el contrario, precisamente la razón por la cual nuestras energías deberían dedicarse a mejorar nuestra capacidad para lidiar con estas cosas mediante la razón, en lugar de mediante la fuerza física?
¿No arribamos inevitablemente al destino al que conduce cada camino en esta discusión? Comoquiera que empecemos, con cualquier plan, por muy elaborado o variado que sea, el fin es siempre el mismo: el progreso del hombre en este asunto depende del grado en que sus ideas sean justas; el hombre avanza mediante las victorias de su mente y de su carácter.
De nuevo hemos llegado al terreno de la perogrullada. Pero también de nuevo es una de esas perogrulladas que la mayoría de la gente niega. Así, el Spectator de Londres:
Por lo que a nosotros respecta, en lo que atañe a la propuesta económica principal, predica a los ya convencidos... Si las naciones fueran perfectamente sabias y mantuvieran teorías económicas perfectamente sensatas, reconocerían que el intercambio es la unión de fuerzas, y que es muy necio odiar o tener celos de quienes cooperan con uno... Los hombres son criaturas salvajes, sedientas de sangre... y cuando se calientan lucharán por una palabra o una señal, o, como diría el señor Angell, por una ilusión.
La crítica en el otro extremo de la escala periodística —la de, por ejemplo, el señor Blatchford— es de un carácter exactamente similar. El señor Blatchford dice: