que un hombre de cuna noble abandone la costumbre del duelo; la noción de que la gente honorable deba poner jamás su honor a merced de quienquiera que tenga a bien insultarlos es, según le aseguran a uno, tanto infantil como sórdida. Para ellos, el asunto no admite discusión.
Sin embargo, las grandes sociedades que existen en Inglaterra, Norteamérica, Australia —en realidad, todo el mundo anglosajón— han abandonado el duelo, y no podemos catalogar a toda la raza anglosajona como tacaña ni como infantil.
Que un cambio como este, que debió de entrar en conflicto con la combatividad humana en su forma más insidiosa —el orgullo y la vanidad personal, las tradiciones de un estatus aristocrático, cada uno de los factores psicológicos que hoy intervienen en los conflictos internacionales— se haya llevado a cabo en nuestra propia generación debería sin duda hacer reflexionar a aquellos que desestiman por quimérica cualquier esperanza de que el racionalismo llegue a dominar la conducta de las naciones.
Al debatir la imposibilidad de permitir que el arbitraje abarque todas las causas de discrepancia, el señor Roosevelt señaló, para justificar los grandes armamentos: «Despreciamos a una nación, tal como despreciamos a un hombre, que no sabe resentir un insulto».20
El señor Roosevelt parece olvidar que el duelo entre nosotros está extinto. ¿Despreciamos nosotros, los pueblos de habla inglesa del mundo, a quienes presumiblemente debe haberse referido el señor Roosevelt, a un hombre que no resiente un insulto con las armas? ¿Acaso no despreciaríamos, por el contrario, al hombre que lo hiciera? Sin embargo, esta acusación es tan reciente que aún no ha llegado a la mayoría de los europeos.
El vago discurso sobre el honor nacional, como una cualidad bajo la especial protección del soldado, demuestra, quizás más claramente que cualquier otra cosa, cuán atrasadas se han quedado nuestras nociones