Todavía hoy, el oficial continental está tan firmemente convencido como siempre de que el mantenimiento de la dignidad personal es imposible si no es con la ayuda del duelo. Preguntará triunfante: «¿Qué haréis si alguien de vuestra misma clase os insulta abiertamente? ¿Podéis conservar vuestro respeto propio llevándolo al tribunal de policía?». Y se considera que la pregunta zanja la cuestión de inmediato.
La supervivencia, en lo que al prestigio nacional se refiere, de las normas del code duello se nos presenta a diario mediante la retórica de los patriotas. Nuestro ejército y nuestra armada, y no la buena fe de nuestros estadistas, son los «guardianes de nuestro honor nacional».
Como el duelista, el patriota pretende hacernos creer que un acto deshonroso se vuelve honorable si la parte que sufre la deshonra resulta muerta. El patriota se cuida muy mucho de excluir de la posibilidad de cualquier arbitraje todas las cuestiones que puedan afectar al «honor nacional».
Un «ultraje a la bandera» debe «lavarse con sangre».
- Las pequeñas naciones, que por la naturaleza de las cosas no pueden responder de ese modo a los ultrajes de los grandes imperios, al parecer no tienen derecho a una posesión tal como el «honor».
- Es la prerrogativa exclusiva de los imperios de alcance mundial.
A los patriotas que de este modo querrían vengar los «ultrajes a la bandera» bien se les podría preguntar si condenarían la conducta del teniente alemán que mata a sangre fría a un civil desarmado «por el honor del uniforme».
No parece habérsele ocurrido al patriota que, dado que la dignidad y la conducta personales no han sufrido, sino que han mejorado con el abandono del principio del duelo, hay pocas razones para suponer que la