Para apreciar el resultado de tanta actividad militar, la condición en que un entrenamiento militar persistente puede dejar a una raza, hay que estudiar la América española. Aquí tenemos una colección de una veintena de Estados, todos muy similares en su estructura social y política. La mayoría de los Estados sudamericanos se asemejan tanto en idioma, leyes e instituciones, que para un observador externo parecería importarle un bledo bajo cuál república de seis meses de existencia le tocara vivir; ya sea bajo el gobierno del presidente de Colombia creado por *pronunciamiento*, o bajo el de Venezuela, la condición de uno parecería ser muy similar. Aparentemente, ningún país en particular tiene algo que lo diferencie de otro y, en consecuencia, algo que proteger contra el otro. En realidad, los gobiernos podrían intercambiarse todos de lugar y el pueblo ni se enteraría. Sin embargo, estos pequeños Estados están tan hipnotizados por la «necesidad de autoprotección», por el encanto de los armamentos, que no hay uno solo que no cuente con un aparato militar relativamente complejo y costoso para protegerse de los demás. Ninguna condición parece tan propicia para una confederación práctica como la de la América española; con pocas excepciones, la virtual unidad de idioma, leyes e ideales de raza en general parecería hacer que la protección de las fronteras sea superflua. Sin embargo, los ciudadanos entregan una riqueza incalculable, servicio, vida y sufrimiento para ser protegidos de un gobierno exactamente igual al suyo. Todo este desperdicio de vida y energía ha continuado sin que se le ocurriera jamás a uno de estos Estados que sería preferible ser anexionado mil veces —tan insignificante sería el cambio resultante en su condición— antes que continuar con el tributo eterno y fútil de sangre y tesoro. Por algún asunto absolutamente sin importancia —como el de los caminos patagónicos, que casi lleva a las manos a la Argentina y a Chile el otro día— se gastará tanta devoción patriótica como la que la Vieja Guardia prodigó jamás en proteger el honor de la Tricolor. Se librarán batallas que harán que todas las luchas en Sudáfrica parezcan insignificantes en comparación. Acciones en las que los muertos se cuentan por miles no suscitarán más comentarios en el mundo que los producidos por una escaramuza en Natal, en la que una veintena de voluntarios son capturados y puestos en libertad.
Table of Contents
Capítulo I El caso psicológico de la guerra
331