ejércitos, al igual que la policía, están destinados a desaparecer un día —aproximadamente el mismo día, según su creencia— cuando la naturaleza del hombre haya cambiado.
Uno puede ser capaz de apreciar plenamente esta actitud del «hombre sensual medio» sin dudar ni lo más mínimo de la sinceridad, autenticidad y entrega de estos movimientos emocionales en favor de la paz, que de vez en cuando recorren un país (como en la ocasión del intercambio de opiniones sobre el arbitraje entre Taft y Grey).
Pero lo que es necesario enfatizar, lo que no se puede reiterar jamás las veces suficientes, es que estos movimientos, por muy emocionales y sinceros que sean, no son movimientos capaces de destruir la base intelectual de la política que produce armamentos en el mundo occidental.
Estos movimientos abarcan tan solo una sección de los factores que propician la paz: los morales y los emocionales.
Y si bien esos factores poseen un poder inmenso, su funcionamiento es incierto y errático, y cuando los gritos se apagan y se produce una reacción natural de la emoción, y se trata una vez más de hacer el trabajo cotidiano y monótono del mundo, de impulsar nuestros intereses, de encontrar mercados, de lograr lo mejor posible en general para nuestra nación frente a otras naciones, de prepararse para el futuro, de organizar los propios esfuerzos, el viejo código de compromiso entre lo ideal y lo necesario seguirá operando como siempre.
Mientras sus nociones sobre lo que la guerra puede lograr en un sentido económico o comercial sigan siendo las que son, el hombre promedio no considerará probable que su enemigo potencial tome el ideal de la paz como guía de conducta. Por otra parte, tendría razón.