Pero si no podemos tener tales colonias, de ello no se sigue en absoluto que no podamos obtener las ventajas, aunque sea en un grado limitado, que hacen deseables a estas colonias. Es un error considerar la mera posesión de extensos territorios transoceánicos, incluso cuando son capaces de absorber una parte del excedente de población nacional, como un aumento necesariamente directo del poder. Australia, Canadá y Sudáfrica no aumentan el poder del Imperio británico por ser posesiones británicas, ni tampoco por estar pobladas por unos cuantos millones de emigrantes británicos y sus descendientes, sino porque mediante el comercio con ellas se incrementa la riqueza y, con ella, la fuerza defensiva de la metrópoli. Las colonias que no producen ese resultado tienen escaso valor; y los países que poseen esta importancia para una nación, aun cuando no sean sus colonias, constituyen en este punto decisivo un sustituto de las posesiones coloniales en el sentido ordinario.36
En realidad, las imágenes políticas engañosas a las que me referí hace unas páginas han contribuido en gran medida a destruir nuestro sentido de la realidad y de la proporción en lo que respecta al control político de territorio extranjero, un hecho que la agitación diplomática de 1911 ilustró con creces. Tuve la ocasión de recalcarlo en su momento en los siguientes términos: