que llegó a tomarles cariño, que los estudió a ellos y a su historia. No difiere, por supuesto, de manera apreciable, de lo que prácticamente cualquier estudioso del turco ha descubierto: el turco es el conquistador típico. Su nación ha vivido por la espada y hoy está muriendo por la espada, porque la espada, el mero ejercicio de la fuerza por un hombre o un grupo de hombres sobre otro, la conquista en otras palabras, es una forma imposible de relación humana.
Para mantener esta malvada forma de relación —cuya maldad y futilidad constituyen toda la base de los principios que he intentado ilustrar— ni siquiera ha observado la ruda caballería del bandolero.
El bandolero, aunque golpee a los hombres en la cabeza, se abstendrá de hacer que su fuerza adopte la forma de masacrar mujeres y destripar niños. No así el turco.
Su intento de Gobierno adoptará la forma de la tortura obscena de los niños, de una ferocidad bestial que no es cuestión de debate o exageración, sino algo de lo que decenas, cientos, e incluso miles de testigos europeos fidedignos han dado testimonio.
«El caballero más distinguido, señor, que jamás haya masacrado a una mujer o quemado un pueblo», es la frase que Punch pone con toda justicia en boca del defensor de nuestra tradicional política turcófila.
Esta condición es la «Paz» y el acto que le pondría fin es la «Guerra». Es la inexactitud e inadecuación de nuestro lenguaje lo que crea gran parte de la confusión de pensamiento en este asunto; tenemos el mismo término para una acción destinada a lograr un fin determinado y para la contraacción destinada a impedirlo.